miércoles, 11 de diciembre de 2013

ARMAND GATTI

POEMA DE LA PALABRA CONVERTIDA EN GATO 
Gato siempre sorprendido de ser una de las múltiples resurrecciones de Fausto.
Gato de Mallarmé.
Gatos del dorso de los capítulos donde eran desviacionistas, serpientes lúbricas y ratas viscosas a menudo aniquiladas en los sótanos del ser –y rehabilitados.
Gatos venidos de las comarcas del libre juego siempre dispuestos al reparto, pero frecuentemente carentes de sí mismos.
Gatos (entre espanto y maravilla) de un combate fratricida en el envés de los porvenires radiantes.
Gatos de rosas para todos. Liberada la alegría, presa de la hemofilia política.
Gatos –incluso engullidos por las palabras- valores igualitarios como el movimiento obrero. Los únicos.
Gatos profecías bajo control inglés de las piedras calvas del Ulster.
Gatos bajo tinta, como los rostros de los paracaidistas SAS bajo la negra pintura de las marchas de operaciones.
Gatos para el decir y el desdecir, para el leer y el desleer.
Gatos con tics (clichés, publicidades, reivindicaciones). Se detienen a la entrada de la página, agotados por sus preescrituras.
Gatos de claridad llamados como testigos en el pleito que opone a la sociedad y sus obras. Pasan su tiempo nadando en el río de las simplificaciones.
Gatos perplejos: una línea escrita, incluso cuando se multiplica, no constituye una diligencia, no aporta prueba, no recurre a ninguna mediación.
Gatos rampantes que se anulan, sin trazos gruesos ni finos, sin tener ninguna sombra para reescribirlos, para darles una verosimilitud.
Gatos que, sobre el papel, tienen la vida intransitiva de los sabios y vencidos. Siempre dispuestos a empezar las negociaciones, en el centro de una soledad obligatoria, son inexplorables.
Gatos geométricos en los que las formas respiran, caminan, hablan, se metamorfosean –después se inmovilizan, a pesar del bordoneo de cifras sobre las cuales no tienen poder.





Gatos perdidos en las columnas de los periódicos peligrosos. Noche de los cuerpos en busca de una unidad incluso pasajera. El olor de la tinta los desenrolla.
Gatos anteriores al día y que sin embargo iluminan.
Gatos que destilan garras en seísmos coloreados sobre la página, donde las cosas danzan tranquilamente, con hábitos negros.
Gato que, para decirse maullido en la página, mastica estrellas.
Gato elogio de la sombra en plena luz.
Gatos que la escritura de hoy vuelve proveedores de la extranjería, del horrible ready made, del desfalco, de la citación y de los últimos fuegos de la paleontología-guarda-consciencia. Prisioneros del pasado no vivido, e incapaces de establecer con él una relación de vida.
Gatos que, cuando se convierten en palabras, guardan su losa levantada sobre un paisaje de hueso.
Gatos del año II que no consiguen morir ni vivir.
Gato de título precario, revocable, descendido de árboles proféticos para aumentar la libertad de elección de las palabras y eximirlas del binario.
Gatos ladrones de Babilonia, ellos también con título precario.
Gato trono vacío de Buda en el templo de Borobudur. Alrededor gravitan las frases. Alrededor de las frases, los capítulos. Alrededor de los capítulos, el libro que sueña siempre con ser la palabra única.
Gatos de escuela, tambaleados en el delirio mediterráneo de las huellas perdidas, de los sables usados, de los arreglos de cuentas ancestrales y del polvo de los justos.
Gatos solitarios a la espera de la tormenta, del tiempo de la juventud y de la búsqueda del Grial para decirse –como Rousseau cuando se escribe como el centro del mundo.
Gatos inesperados que se creen Aquiles, pero siempre con Patroclo muerto delante de ellos.
Gatos con cabeza de anarquista –todos los anarquistas tienen cabezas de gatos.
Gato enfermo de jeroglífico, que testimonia la ascensión –siempre en medio de escrituras, para convencerse del pico del recuerdo y de los árboles golpeados por la ausencia.
Gato preso del vértigo del astronauta y sin disponer, para devenir palabra, más que de ritos de cazador furtivo.
Gatos invariablemente escritos en las tinieblas –con un corazón que late fuera de sí mismos como una mirada de luz. Puntuaciones de fuego en el declive del astro, ellos infligen heridas a la noche.
Gatos que tienen siempre necesidad de escuchar otras palabras para estar seguros de ser ellos mismos: gatos que vagabundean en las escrituras de antaño para establecer las líneas del futuro. Apariencia de
alpinistas, escalan el cielo en busca de la ballena. Los descubrimos astronautas cuando los astronautas no existían.
Gatos de azar reunidos en gran conciliábulo en la carretera de Zacapa, para responder a la pregunta: «¿La palabra gato maúlla?» ¿Quiénes somos?
Quizá no haya respuesta, porque la respuesta es la continuación. Y la continuación es aún la inmensidad de los gatos.

[…]

Gatos de pelos erizados, rescatados de las revoluciones y que quisieran testimoniar en presencia del pasado histórico. Pero, ¿sobre qué?
Gatos misterios que no están instruidos en letras ni en medicina ni en ciencias veterinarias, y que encuentran su destino en la concordancia de los participios.
Gatos huellas de los fundadores del Popol Vuh en la página: sonidos de hojas que corren como hormigas sobre los árboles sonoros. Silban como una víbora de plata.
Gatos amuletos de fuego nacidos de los tatuajes de la noche que ronda desde hace siglos al país de los volcanes.
Gato que reanima, fuera de las estaciones, la mirada vegetal. Fuego de perla de agua. Animal perseguido en la frase.
Gatos de fardos azules de noche recargada y que, como las estrellas de la madrugada, se apagan por exceso de realismo.
Gatos emboscados en los follajes de los volcanes de llamas verdes, de la bruma azul siempre insegura, y del hierro replegado en un haz de frases gimientes.
Gatos que antaño llevaban a la escritura diez mil torres verdes, millares de pájaros de precipicio, y la melancolía a la frente ceñida del mecapal.
Gato como la esperanza, hecho de extremos. ¿Está enterrado en las escrituras? ¿Germina? Contra vientos, mareas y lingüistas, se escribe sobre la arena.
¿El gato puede ser «corazón de la flor del sol, cuya mujer es el latido»? ¿O también «mirada de la liana cuando corres detrás la nube»? Es así como lo han visto las miradas emplumadas de la pradera…
Gato tal como es escritura en la arena: gritería de cotorras verdes, pájaro amarillo en llamas, colores en guerra contra el abejaruco de cabeza azul cielo y los cuatro cientos gritos violetas del sinsonte de América.
Gatos presos de los eslóganes de lo felino. Para decir más. En la página de las escrituras: tierras arrasadas.
Gatos pobres (difíciles de imaginar) en exilio sistemático del sentido, como los mendigos sobre las aceras de las grandes ciudades. Gatos que arrastran una sombra herida donde arraiga la flor de la antigua alquimia.
Gatos que rondan alrededor del sentido, encendiéndose y apagándose como las luciénagas, en las noches de verano.
Gatos entre la verdad separada de toda consistencia mítica y la verdad en su consistencia emocional: la tragedia de las palabras.
Gatos que vigilan la noche trenzando imágenes, emociones, motricidades, partes de visibilidad llevados por el enunciable, para que el día recomience. Sólo el grito del gallo puede responderles –e incluso alternar las noches.
Gatos signos, resplandores, arcos eléctricos, zarzas ardientes, descargas de luz. Alegría de la energía (¡ay!) quemada por lo que quisiera alumbrar.
Gatos motociclistas. Tras una bajada de espalda, distendida como resorte, se lanzan con destino a la verticalidad. Sobreviven a su imagen, incluso una vez leídos.
Gatos del tiempo de las cerezas regresado (en las escrituras solamente). Nostalgia de la época en que el hombre era bello.
Gatos reproducción de la Creación siempre en lucha contra aquellos que creen ser su lineamiento –y a veces la firma.
Gatos que trepan a los árboles del viento.
Gatos de escuela con los que el sol no envejece, para los que todo está siendo –y no ha sido.
Gatos fósiles de duros silencios. Un dios abandonado viene a murmurar a hora fija.
Gatos silogismos de arañas suspendidas del hilo de la luna.
Gatos de corteza invernal, de ojos nevados, que rondan alrededor del sentido. Raramente lo desentierran. Se trata cada vez  de un sentido radical en capítulos de la trastierra de la fragilidad.
Gatos de traducción sin otras referencias que la hierba y los brotes destruidos, conchas y ánforas que ya no se diferencian de lo que durante mucho tiempo ha sobrevivido a la ambigüedad helénica.
Gatos suicidas, siempre dispuestos a saltar para concertar un pacto con la frase. Los reclutamientos psicológicos les dan dientes con los cuales se destruyen.
Gato ausente de la cubierta de los libros de la barricada de Madrid, a reconstituir en las notas a pie de página. Exorcismo cuya necesidad forma parte de los acontecimientos escarnecidos del siglo.
Gato de Chicago con bigotes de delirio negro, que no son sino letras (quemadas en otra parte) que intentan recomponerse.
Gatos de mayo en las calles, una tarde en que París había perdido su grasa. La esbeltez de ser y de escribirse.
Gato armadura atigrada de la vidriera que entalla la imagen sin la cual los motivos faltan.
Gato de escrituras colosas, con trastierra abandonada, sin ponerse en marcha más que para el ejercicio de la escritura que abre la ruta que conduce al cielo.
Gatos conjuración: sirven para arrastrarse hasta la luz, y de la luz, en los márgenes de los libros.
Gatos de éxodos que se agrietan sobre el hielo de noches sin horas. Pero que siempre saben vencer al espacio, como las campanas al vuelo para decir el nacimiento y la muerte.
Gatos en estado de secreto…
el gato triunfante es declarado en estado de gloria
el gato combatido, en estado de resistencia
el gato perseguido, en estado de enfermedad
el gato acorralado, en estado de secreto
… últimas palabras de un libro futuro que no cerraremos:
- ¿Quiénes somos?




POÈME DU MOT DEVENU CHAT


Chat toujours étonné d’être une des multiples résurrections de Faust.
Chat de Mallarmé.
Chats de derrière les chapitres où ils étaient déviationnistes, serpents lubriques et rats visqueux souvent anéantis dans les caves de l’être –et réhabilités.
Chats venus des contrées du libre jeu toujours prêts au partage, mais le plus souvent en manque d’eux-mêmes.
Chats (entre épouvante et merveille) d’un combat fratricide aux revers des lendemains qui chantent.
Chats aux roses pour tous. Libérée l’allégresse, en proie à l’hémophilie politique !
Chats –même engloutis par les mots- valeurs égalitaires comme le mouvement ouvrier. Les seuls.
Chats prophéties sous contrôle anglais des pierres chauves de l’Ulster.
Chats sous encre, comme sous la noire peinture des départs en opération les visages des parachutistes sas.
Chats pour le dire et le dédire, pour le lire et le délire.
Chats à tics (clichés, publicités, revendications). Ils s’arrêtent à l’entrée de la page, épuisés par leurs pré-écritures.
Chats de clarté appelés comme témoins dans le procès qui oppose la société et ses œuvres. Ils passent leur temps à nager dans le fleuve des simplifications.
Chats perplexes : une ligne écrite, même lorsqu’elle se multiplie, ne constitue pas une démarche, n’apporte pas de preuve, n’a recours à aucune médiation.
Chats rampants qui s’abolissent sans pleins, sans déliés, n’ayant aucune ombre pour les réécrire, leur donner une vraisemblance.
Chats qui, sur le papier, ont la vie intransitive des sages et des vaincus. Toujours disposés à entamer des pourparlers, au centre d’une solitude obligatoire, ils sont inexplorables.
Chats géométriques en qui des formes respirent, cheminent, parlent, se métamorphosent –puis se figent, en dépit du bourdonnement  des chiffres sur lesquels ils n’ont pas prise.
Chats perdus dans les colonnes des journaux coupe-gorge. Nuit des corps à la recherche d’une unité même passagère. L’odeur de l’encre les déroule à plat.
Chats d’avant le jour et qui pourtant illuminent.
Chats qui distillent des griffes en séismes colorés sur la page, où les choses dansent sagement, en habits noirs.
Chat qui, pour se dire miaulement sur la page, mâche des étoiles.
Chat éloge de l’ombre en pleine lumière.
Chats que l’écriture d’aujourd’hui rend pourvoyeurs de l’étrangeté, de l’horrible ready made, du détournement, de la citation et des derniers feux de la paléontologie-garde-conscience. Prisonniers du passé non vécu, et incapables d’établir avec lui un rapport de vie.
Chats qui, lorsqu’ils deviennent mots, gardent leur dalle soulevée sur un paysage d’os.
Chats de l’an II qui ne parviennent ni à mourir ni à vivre.
Chat à titre précaire, révocable, descendu des arbres prophétiques pour augmenter la liberté de choix des mots et les affranchir du binaire.
Chats voleurs de Babylone, à titre précaire eux aussi.
Chat trône vide de Bouddha dans le temple de Borobudur. Autour gravitent les phrases. Autour des phrases, les chapitres. Autour des chapitres, le livre qui rêve toujours d’être le mot unique.
Chats d’école, ballottés dans le délire méditerranéen des traces perdues, des sabres usés, des règlements de comptes ancestraux et de la poussière des justes.
Chats solitaires en attente de l’orage, du temps de la jeunesse et de la quête du Graal pour se dire –comme Rousseau lorsqu’il s’écrit comme le centre du monde.
Chats inattendus qui se prennent pour Achille, mais toujours avec Patrocle mort devant eux.
Chats à tête d’anarchiste –tous les anarchistes ont des têtes de chat !
Chat malade du hiéroglyphe, qui témoigne de l’ascension –toujours au milieu des écritures, à se convaincre du pic du souvenir et des arbres frappés d’absence.
Chat en proie au vertige de l’astronaute et ne disposant, pour devenir mot, que des rites du braconnier.
Chats invariablement écrits dans les ténèbres –avec un cœur qui bat hors d’eux-mêmes comme un regard de lumière. Ponctuations de feu au déclin de l’astre, ils infligent à la nuit des blessures.
Chats qui ont toujours besoin d’écouter d’autres mots pour être sûrs d’être d’eux-mêmes : chats qui errent dans les écritures d’autrefois pour établir des lignes d’avenir. Apparence d’alpiniste, ils escaladent le ciel à la recherche de la baleine. On les découvre astronautes lorsque les astronautes n’existaient pas.
Chats de hasard réunis en grand conciliabule sur la  route de Zacapa, pour répondre à la question : « Le mot chat miaule-t-il ? » Qui sommes-nous ?

Peut-être n’y a-t-il pas de réponse, parce que la réponse c’est la suite. Et que la suite c’est encore l’immensité des chats. »



[…]

« Chats aux poils hérissés, rescapés de grands chambardements et qui voudraient témoigner en présence du passé historique. Mais de quoi ?
Chats mystères qui ne sont formés ni aux lettres, ni à la médecine, ni aux sciences vétérinaires, et qui trouvent leur destin dans l’accord des participes.
Chats empreintes des fondateurs du Popol Vuh sur la page : sons de feuilles courant telles des fourmis sur les arbres sonores. Ils sifflent comme une vipère d’argent.
Chats amulettes de feu nées des tatouages de la nuit qui rôde depuis des siècles au pays des volcans.
Chat qui réanime, hors les saisons, le regard végétal. Feu de perle d’eau. Animal poursuivi dans la phrase.
Chats aux fardeaux bleus de nuit alourdie et qui, telles les étoiles du petit matin, s’éteignent par trop de réalisme.
Chats en embuscade dans les feuillages des volcans à flammes vertes, de la brume bleue toujours incertaine, et du fer replié en un faisceau de phrases gémissantes.
Chats qui autrefois portaient à l’écriture dix mille tours vertes, des milliers d’oiseaux de précipice, et la mélancolie au front ceint de mécapal.
Chat comme l’espoir, fait d’extrêmes. Est-il enterré dans les écritures ? Germe-t-il ? Contre vents, marées et linguistiques, il s’écrit sur le sable.
Le chat peut-il être « cœur de la fleur de soleil, dont la femme est le battement » ? ou encore « regard de la liane quand tu cours derrière le nuage » ? C’est ainsi que l’ont vu les regards emplumés de la prairie… 
Chat tel qu’il est écriture sur le sable : charivari de perruches vertes, oiseau jaune en flammes, couleurs en guerre contre le guêpier à tête bleue du ciel et les quatre cents cris violets du moqueur d’Amérique.
Chats en proie aux slogans de la félinité. Pour dire plus. Sur la page aux écritures : des terres accablées.
Chats pauvres (difficiles à imaginer) en exil systématique du sens, tels les mendiants sur les trottoirs des grandes villes. Chats traînant une ombre blessée où s’enracine la fleur de l’ancienne alchimie.
Chats qui rôdent autour du sens, s’allumant et s’éteignant comme les lucioles, les nuits d’été.
Chats entre la vérité séparée de toute consistance mythique et la vérité dans sa consistance émotionnelle : la tragédie des mots.


Chats qui veillent la nuit tressant images, émotions, motricités, parts de visibilité portées par l’énonçable, pour que le jour recommence. Seul le cri du coq peut leur répondre –et même alterner les nuits.
Chats signes, lueurs, arcs électriques, buissons ardents, décharges de lumière. Joie de l’énergie (hélas !) brûlée par ce qu’elle voudrait éclairer.
Chats motocyclistes. Après un abaissement de dos détendu en ressort, ils s’élancent à destination de la verticalité. Ils survivent à leur image, même une fois lus.
Chats du temps des cerises revenu (dans les écritures seulement). Nostalgie de l’époque où l’homme était beau.
Chats reproduction de la Création toujours en lutte contre ceux qui croient en être le linéament –et parfois la signature.
Chats grimpant sur les arbres de vent.
Chats d’école avec qui le soleil ne vieillit pas, pour qui tout est train d’être –et n’a pas été.
Chats fossiles aux durs silences. Un dieu abandonné vient y bruire à heure fixe.
Chats syllogismes d’araignées suspendues aux fils de la lune.
Chats à l’écorce hivernale, aux yeux enneigés, qui rôdent autour du sens. Rarement ils le déterrent. Il s’agit chaque fois d’un sens à pierre fendre dans des chapitres d’arrière-pays de la fragilité.
Chats de traduction sans autres repères que l’herbe et les bourgeons détruits, coquillages et amphores ne faisant plus la différence avec ce qui a longtemps survécu de l’ambiguïté hellène.
Chats suicidaires, toujours prêts à bondir pour conclure un pacte avec la phrase. Les embrigadements psychologiques leur donnent des dents avec lesquelles ils se détruisent.
Chat absent de la couverture des livres de la barricade de Madrid, à reconstituer dans les notes en bas de page. Exorcisme dont la nécessité relève des événements bafoués du siècle.
Chat chicagoan aux moustaches de délire noir, qui ne sont que des lettres (ailleurs brûlées) qui tentent de se recomposer.
Chats de mai dans les rues, un soir où Paris avait perdu sa graisse. La sveltesse d’être et de s’écrire.
Chat armature tigrée du vitrail entaillant l’image sans laquelle les motifs font défaut.
Chat aux écritures colosses, avec arrière-pays à l’abandon, ne se remettant en marche que pour l’exercice d’écriture qui ouvre la route qui conduit au ciel.
Chats conjuration : ils servent à ramper jusqu’à la lumière, et de la lumière, dans les marges des livres.


Chats d’exodes qui se gercent sur la glace des nuits sans heures. Mais qui savent toujours vaincre l’espace, comme des cloches à la volée pour dire la naissance et la mort.
Chats en état de secret…
le chat triomphant est dit en état de gloire
le chat combattu, en état de résistance
le chat persécuté, en état de maladie
le chat réduit aux abois, en état de secret
… derniers mots d’un livre à venir qu’on ne refermera pas :


- Qui sommes-nous ? »


ARMAND GATTI


Tradución del francés por Francisco Javier Irazoki.




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