miércoles, 24 de septiembre de 2014

DAVID PUJANTE



David Pujante  (Cartagena, 1953)


CUBILETES DE MUSEO

En qué cena sirvieron para jugar a dados, 
cuando hacían sus dueños un alto en el camino
de la fiesta perenne, yo no puedo saberlo,
ni aún lo quiero; el misterio del pasado perdure
y el verso ofrezca al alma lo que la historia niega.
Expuestos en la aséptica sala de algún museo, 
han perdido el sentido que en su tiempo tuvieran.

LOos describe algún crítico de la siguiente forma:
"Respondiendo a la escueta idea que tenemos
de lo clásico ahora, 
un corro de esqueletos baila en altorrelieve
alrededor del vaso".
                                     ¡Contrapeso perfecto
en la fiesta nocturna donde quizá, se usaron
entre risas y mofas!

Podéis imaginar a aquellos comensales
embotados de vino, con sus risas de mosto,
fétidas y patéticas. 

¡Cuánta copa escanciada para ahogar el espíritu:
esa conciencia trágica, insaciable, del hombre!
Pero antes se consigue herir con hierro el mar
o el viento que rendir la inquietud de una mente.

Tristes hombres que arrastran su vida se han reunido
en una finca rústica, en el Boscoreale.
Ninguno de ellos piensa en la mañana impúdica, 
la que con frescos dedos levanta cobertores
y destruye el letargo con sus alas de frío.
Sin término imaginan la noche, ¡tan propicia
a la desesperanza! La penetran, se enfondan
en la espiral fantástica de la inconmensurable
tiniebla, y en las chácharas groseras se deleitan;
se pierden entre juegos... 
                                              Suenan los cubiletes
-que aún no son de museo- 
en sus manos deformes y grasientas, artríticas.
Y, en el mínimo ámbito del cubilete, muestra
su presencia de muerte el ruego de esqueletos.
Iguales en la forma post mortem, algún rasgo
distintivo desvela su rango cuando, vivos, 
los cubría la carne: una lira, una máscara...
Y una inscripción, punteada a estilete, a su lado,
simmula la existencia, a quien ya no la tiene,
por la gracia de un nombre que los hombres recuerdan:
Algo así es la gloria.

Sin duda, entre el clamor de risas y de dichos,
se infiltra alguna veces
la gélida consciencia del sinsentido trágico
en uno de los césares del báquico festejo;
es quizá al recoger el vaso con los dados,
pues, en vez de al instante alzarlos por los aires
en volteo sonoro, se detiene a mirarlo
y va entre las guirnaldas del relieve leyendo
los nomrbes de los hombres que fueron los espectros.

Junto al nombre de Mosco o Menandro, más amplia
inscripción en la base del vaso así lo dice:
"Los grandes escritores, los profundos filósofos,
incluso ellos mueren; 
sus lectores, nosotros, sepámoslo y bebamos".
Seguramente entonces la tirada es más rápida, 
gesto lleno de rabia que nadie al fin podría 
interpretar como acto de desesperación,
pues el instante lúcido en un trago de vino
zozobrará y el césar reflexivo, escapado,
se lanzará de nuevo al juego, a la inconsciencia.






BUSSOLOTTI DA MUSEO

In quali cene servirono per giocare ai dadi,
quando i loro padroni arrestavano il corso
della continua festa, io non posso saperlo,
né lo voglio; perduri il mistero del passato
e all’anima offra il verso ciò che la storia nega.

In asettiche sale di musei
hanno perduto il senso ch’ebbero al loro tempo.

Così ce li descrive qualche critico:
«Considerando la precisa idea
che oggi abbiamo del classico,
un circolo di scheletri balla in altorilievo
intorno al vaso».
                               Contrappeso perfetto
della festa notturna in cui forse li usarono
tra le risa e le burle!

Potete immaginare i commensali
snervati dal vino, le loro risa alcoliche
fetide e patetiche.

Quante coppe trincate a affogare lo spirito:
la coscienza insaziabile e tragica dell’uomo!
Si fa prima a ferire col ferro il mare o il vento
che a vincere la smania della mente.

Uomini tristi che trascinano la vita
sono riuniti in un podere, a Boscoreale.
Nessuno pensa all’aurora impudica
che con le fresche dita alza le coltri
e con ali di freddo dissipa il sopore.
Credono che la notte – così propizia alla disperazione! –
sia senza fine. Entrandovi sprofondano
nel fantastico gorgo dell’immensa
tenebra, si dilettano in chiacchiere volgari;
si perdono nei giochi…
                                         I bussolotti
suonano – non ancora da museo –
tra le mani deformi, artritiche ed untuose.  
E nel breve contorno del bussolotto mostra
la sua morta presenza il giro degli scheletri.
Uguali nel post mortem, solo qualche
particolare: una lira una maschera…
rivela il loro ceto quando, vivi,
li copriva la carne. E un’iscrizione,
di fianco, incisa a punta,
imita l’esistenza di chi non ne ha più una
in grazia di quel nome che gli uomini ricordano:
anche questo è la gloria.

Ma certo tra il clamore di risate e battute,
in uno dei signori del bacchico festino
qualche volta s’insinua
la gelida coscienza del tragico non senso;
forse quando raccoglie il vaso con i dadi
e anziché alzarlo subito per aria
nel volteggio sonoro si sofferma a guardarlo:
tra le ghirlande del rilievo legge
i nomi di quegli uomini che furono gli spettri.
Giunto al nome di Mosco o Menandro, alla base
del vaso un’iscrizione più lunga così dice:
«Anche i grandi scrittori, i sottili filosofi,
muoiono; noi, i lettori, sappiamolo e beviamo».

Allora, di sicuro, è più rapido il tiro,
gesto pieno di rabbia che nessuno
potrà scambiare per disperazione;
poi quell’attimo lucido in un sorso di vino
naufragherà e fuggendolo il signore riflessivo
si lancerà di nuovo nel gioco e l’incoscienza.

*Traducción de Francesco Dalessandro




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