lunes, 6 de abril de 2015

RIKARDO ARREGI DIAZ DE HEREDIA



RIKARDO ARREGI  DIAZ DE HEREDIA (Vitoria-Gasteiz, 1958)



MUSEO ERROMANTIKOAK


Museo erromantiko batean
eman dut gaurko goiza.
Hemen ikusgai dauden gauza hauek
garai historiko haietakoak
direla zehaztu beharko nuke,
Erromantizismokoak hain zuzen,
ez bereziki erromantikoak.
Ez da bisitatzen dudan lehena.
Batzuek idazle bat dute ardatz,
edo musikari bat,
edo margolari bat.
Margolarienak dira agian
ikusgarriagoak,
margolan, eskultura, grabatuak
ia guztietan badaude ere.

Gauzen txikiak harritzen nau beti.
Idazleak ibili zuen luma
txikia da benetan,
tabakorako kutxak ñimiñoak,
gutunak, tintontziak,
pipak, apaingarriak, txikitxoak.
Omendua emakumea bada,
ez dira falta, garaiarekin bat,
jostorratzak, ditareak, hariak,
guraize horiek hain dira txikiak
non zaila baita eskuak lanean
hor irudikatzea,
soinekoak luzeak dira, noski,
halere txikiegiak nolabait.

Liburuak ere txikiak dira,
oraindik industrializazioak
gauza handiagoak
egiteko ez zuen ahalmenik,
horrela ematen du gutxienez.
Idazteko papera garestia
izango zen, eskutitzak txikiak.
Partiturak handiagoak dira,
musikariak zerbait ikusteko,
baina notak inurrien antzera,
pentagrametan geldi.

Museo erromantikoetako
margolan txikiak atsegin ditut,
grabatu ñimiñoak,
batez ere nahasten direnean
horma berean fantasia ilun
gotikoak, gaztelu eskoziarrak,
fantasia klasikozaleekin,
Paestum-eko tenplu dorikoak,
erramu koroekin
aberri gabeko ereserkiak.

Botilak, edalontziak, txikiak.
Nola asetuko dut egarria?
Betaurrekoak, xingolak, zapatak
eskularruak, kapelak, atorrak,
dena txiki-txikia,
eltxo bakar batekin
beteko ziren mila kutxatxoak.
Gizon-emakume ezezagunen
erretratu borobiltxo horietan
begiradak sutsuak edo hitsak
diren ezin asmatu,
begi astigmatikoak nekatu
zaizkit ahalegin zoro honetan.

Altzari dirdiratsuak, txikiak:
arasak, kanapeak, besaulkiak,
argimutilak eta armairuak.
Ez dakit, nik dudan tamainarekin,
nola konponduko nintzatekeen
gauza txikitxoen mundu horretan.
Handi bezain aberats izan behar,
baina estatistikak
ez dira oso itxaropentsuak,
Erromantizismoan
jendea pobrea zen batez ere,
eta penizilina
urrutiegi zegoen oraindik.

Iraultzek, halere, posibleago
ematen dute, benetakoago,
desiragarriago,
askatasun beharra premiazkoa,
bizimodua aldatzeko grina
hil ala biziko halabeharra.

Gelaz gela ibili naiz goizean,
inora joateko gogorik gabe.
Ezpata horiek ere ez al dira
txikiegiak? Uniforme horiek,
urreztadurez beteta, txikiak,
botoiak eta galoiak, txikiak.
Eta botak? Gerrak ez ziren jolasak
baina barrez lehertu naiz gogotik.

Musika gelan eseri naiz luze
pianoforte eder baten aurrean,
egur ilun eta dirdiratsua.
1796an
ekarri zuten Ingalaterratik,
argibideak polonieraz daude,
hori da ulertzen dudan bakarra.
Txikia, irekita,
eskuak eskatu dizkit ixilik
eta, zaindaria ez zegoenez,
ixilik laztandu dut begirunez,
haren ondoan berriro eseri,
ametsen mundu batera betiko
kondenaturik, lasai.




MUSEOS ROMÁNTICOS



He pasado la mañana de hoy

en un museo romántico.

Debería precisar que las cosas

que están aquí expuestas

son de aquellos tiempos históricos,

quiero decir, del Romanticismo,

aunque no son especialmente románticas.

No es el primero que visito.

Algunos tienen por tema un escritor,

o un músico,

o un pintor.

Los de los pintores son tal vez

más llamativos

si bien en casi todos hay

cuadros, esculturas, grabados.



Me sorprende siempre la pequeñez de las cosas.

La pluma que empleaba aquel escritor

era francamente minúscula,

e insignificantes las cajas para el tabaco,

las cartas, los tinteros, 

las pipas y los adornos.

Si la homenajeada es una mujer,

no faltarán entonces, acordes con la época,

alfileres de costura, dedales, hilos;

esas tijeras son tan pequeñas

que hasta es complicado imaginar unas manos

trabajando con ellas;

los vestidos son largos, por supuesto,

y aun así, demasiado pequeños, de algún modo.



Los libros también son pequeños,

todavía la industrialización no tenía capacidad

de hacer cosas más grandes,

o al menos eso es lo que parece.

El papel de escribir debía ser caro,

si consideramos el tamaño de las cartas.

Las partituras alcanzan mayores proporciones,

supongo que para que el músico pudiera

llegar a ver algo,

pero las notas, casi como hormigas,

se quedan paradas en los pentagramas.



Me gustan los cuadros pequeños

de los museos románticos,

los grabados más nimios,

sobre todo cuando se mezclan,

en la misma pared, las oscuras fantasías

góticas, los castillos escoceses,

con la estela de lo clásico,

los templos dóricos del Paestum,

las coronas de laurel

y los himnos sin patria.



Botellas, vasos, a cada cuál más pequeño.

¿Cómo saciaré así mi sed?

Gafas, cintas, zapatos,

guantes, gorros, camisas,

Todo ínfimo,

tanto que con un solo mosquito

se llenarían miles de cajas.

Es casi imposible distinguir,

en esos retratos ovalados

de hombres y mujeres anónimos,

si las miradas son ardientes o lánguidas,

se han cansado mis ojos astigmáticos

en este loco intento de aclararlo.



Los muebles resplandecientes, pequeños;

también los estantes, canapés, sofás,

candelabros y armarios.

No sé, con el tamaño que yo tengo,

cómo me apañaría

en ese mundo de cosas diminutas.

Tendría que ser tan rico como alto,

pero las estadísticas

no son muy halagüeñas,

en el romanticismo la gente era esencialmente pobre,

y la penicilina

estaba muy lejos de inventarse.



Las revoluciones, sin embargo,

parecen más posibles,

más real, deseada

y urgente la necesidad de libertad,

esa inquietud por cambiar la forma de vivir

se revela como una cuestión de vida o muerte.



He pasado la mañana de sala en sala,

sin ganas de ir a ningún lado.

¿Esas espadas no son también

demasiado pequeñas? Esos uniformes,

con entorchados dorados, pequeños,

los botones y galones, pequeños.

¿Y las botas? Las guerras no eran un juego,

pero me he reído a conciencia de ellas.



Me he sentado largo tiempo en la sala

de música, frente a un pianoforte

hecho de madera oscura y reluciente.

Lo trajeron en 1796 de Inglaterra,

la información está en polaco,

y eso es lo único que he llegado a entender.

Pequeño, abierto,

me ha pedido que le preste mis manos silenciosamente,

Y, como no estaba cerca el vigilante,

lo he acariciado con cuidado;

después de eso, me he vuelto a sentar a su lado,

tranquilamente, condenado, para siempre,

a un mundo de sueños.



*Traducción de Aitor Francos.




Ricardo Arregi Diaz de Heredia (Vitoria-Gasteiz, 1958) estudia Psicología y Magisterio en Salamanca y, posteriormente, Filología Vasca en la Universidad del País Vasco. Trabaja en la enseñanza secundaria y estuvo relacionado con el ámbito sindicalista.

En 1993 publica su primer poemario en lengua vasca titulado Hari hauskorrak (frágiles hilos) en la Editorial Erein, con el que consigue el Premio de la Crítica en 1994. La Fundación Elkarlanean Euskalgintza le concede la beca Josefa Jaka, lo que le permite publicar su segundo libro titulado Kartografia en 1998 que vuelve a ser galardonado con el Premio de la Crítica en el año 1999. Un año más tarde será publicado en castellano con la traducción a cargo de Gerardo Markuleta. En el año 2000 la Editorial Susa publica una antología de sus poemas dentro de la colección de antologías XX. Mendeko Poesia Kaierak (Cuadernos de Poesía del Siglo XX). En 2005 participa, junto con otros poetas, con un texto teórico sobre poesía y varios poemas inéditos en el libro Poetikak & Poemak de la editorial en Erein. Sus poemas se encuentran recogidos en antologías de poesía vasca publicados en distintos idiomas, así como en revistas literarias de varios países.

Trabaja como columnista en diferentes publicaciones periódicas. Entre los medios en los que ha trabajado destacan Egunkaria, Hegats, El periódico de Álava, Diario de Noticias de Álava y actualmente colabora para Deia. También destaca su labor como crítico literario con sus colaboraciones en el suplemento Mugalari, del diario Gara.

Ha realizado traducciones, principalmente de poetas portugueses como Sophia de Melo, Eugénio de Andrade o Jorge de Sena, pero también escribe prólogos de libros, imparte conferencias y ha participado en talleres de traducción. Actualmente dirige una tertulia literaria en la Biblioteca de Arrasate-Mondragón y es miembro del consejo de redacción de la revista literaria online Volgako Batelariak.



 


Aitor Francos (Bilbao, 1986) ha publicado Igloo (Renacimiento, Sevilla, 2011. XIV Premio Surcos), Un lugar en el que nunca he escrito (Renacimiento, 2013) y Libro de las invitaciones (Ed. Baile del sol 2013). Para 2014 está previsto Ahora el que se va soy yo (Ed. 4 de agosto) en la colección Planeta Clandestino. Colaborador asiduo en varias revistas, ejerce la crítica en El Cuaderno de Trea y en Quimera. Es, además, uno de los autores de la Minoría Virgiliana, el Número DOS de LaGalla Ciencia.





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