miércoles, 18 de octubre de 2017

ANNA CROWE


ANNA CROWE (Plymouth, 1945)



PUNK WITH DULCIMER

He stood at the end of the carriage.
A black-clad giant, fearsome
in fringed and studded leather, ginger mohican.
Then sat down in the seat beside me.
Soon—Plants are amazing, so they are!
The voice, rich Ulster. He looks up from his book,
eyes shining under the tawny crown.
—If it weren’t for plants,
if it weren’t for vascular bundles,
we’d not be walking upright.
He speaks in a creaking of leather,
a sound like branches in a pine-wood,
rubbing. And a multitude of studs,
from his ears to his bare, braceleted arms
and eloquent knuckle-dustered mittens,
sparkle and gleam like rain on thistles.


He is a green man speaking leaves.
Rainforest canopy fills the carriage
with rustled whispers; words
that make Linnaean music, space
for colobus, catleya, bell-bird
to peep from the fringes of speech.
For an hour he held sway, in language
as way above my head as, say, a sequoia.
Elusive as jaguar, and all gone.
All but those resonant, homely
vascular bundles. Oh, and the dulcimer.
He played a dulcimer in a folk-group,
was going, in fact, to play it in Newcastle
where he duly got off the train.
I think of how I had feared him,
of how we fear what we don’t know.
And when I hear the whistles and drums
of marching Orangemen on the news,
I try to imagine the tune arranged for dulcimer—
hearing soft-struck strings;
seeing a black-clad figure,
tall as a cedar of Lebanon, and dancing.
Like David with his psaltery
before the Lord.


PUNK CON SALTERIO

Estaba de pie al final del vagón.
Un gigante espantoso vestido de cuero negro,
con franjas y clavos y el pelo rojo cortado a lo mohicano.
Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.
Y de pronto: Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?
con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,
los ojos brillantes bajo la cresta leonada.
—Si no fuera por las plantas,
si no fuera por los haces vasculares,
nosotros no podríamos mantenernos en pie.
Habla con un crujir de cuero,
con un sonido como el de las ramas de un pinar
al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,
desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,
y sus elocuentes mitones con puños de hierro,
relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.

Es el Hombre Verde del mito, cuyo hablar son hojas*.
El frondoso follaje llena el vagón
de rumores susurrados: de palabras que componen
una música linneana, dejando espacio
para que el colobo, la catleya, y la manorina campanera
se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.
Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje
tan por encima de mí como una secuoya.
Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.
Todo menos aquellos hogareños y resonantes
haces vasculares. Ah, y el salterio.
Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,
e iba a tocar a Newcastle, donde bajó del tren.
Pienso en cómo le había temido,
de cómo tememos lo que no conocemos.
Y cuando escucho por la radio los silbidos
y los tambores de los orangistas que marchan,
intento imaginar la melodía adaptada para salterio,
oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,
viendo una figura vestida de negro,
alto como un cedro del Líbano y bailando,
como David con su salterio
ante el Señor.



*Hombre verde: imagen de la mitología céltica
que se encuentra tallada en muchas iglesias y catedrales,
y que consiste en una cara de hombre con pelo y
barba de follaje, muchas veces con las hojas saliendo
de la boca abierta.


Traducción de Joan Margarit



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